Archivo mensual: diciembre 2017

Cuento de un niño malo.

     Nacía yo en plena 2ª Guerra Mundial, el 9 de Mayo de 1944 y a cinco años de la finalización de la Guerra Civil. Con inmenso trabajo, se iban recuperando la agricultura y la ganadería. Recuerdo, los huevos y la leche escasos, el pan de higo, las algarrobas, la gran lata de pimentón El Corneta, el barril de aceitunas, que le traían a mi padre de Alcázar y que, una vez terminado, lo retornaba rulando, por la carretera de tierra, el bacalao seco… hambre no. Era una tienda de ultramarinos, con cartillas de racionamiento, en la calle Alto, número 2.
Pero, una vez al año, mi abuelo Alejandro, mataba un enorme cerdo, en la misma calle, Alto, 29, mucho más abajo. Asistía asombrado como sujetaban al animal entre muchos hombres, los chillidos del puerco, hasta que lo degollaban. Luego, todo muy rápido, quitarle el pelo, abrirlo en canal y esperar a que nos dieran la vejiga para inflarla. En el fuego bajo de la cocina, sobre la lumbre, una caldera hirviendo cebolla. Iba terminando el año de 1951, tenía 7 años y se me ocurrió arrojar unas balas al fuego. Por suerte, se dispararon en todas direcciones, sin alcanzarme ninguna. No así la caldera que, convertida, en un colador, vertía su contenido, apagando el fuego en el acto. Salí corriendo y allá quedaron las mujeres, ocupadas en reavivar la lumbre y preparando la máquina, para embuchar morcillas y chorizos.
Oía que mi abuelo, había sido Guardia Rural y de ahí que tuviera balas, creo yo. Las descubrí y muchas fui vaciando, con la ayuda de piedras, sacando del casquillo su pólvora, sin que, por fortuna, nunca me pasara nada. En la vacía cámara, de Alto número 2, hice un día, un reguero de pólvora y le prendí fuego. Mi ángel de la guardía, que sin duda lo tuve, se prodigaba en cubrirme, de mis inconscientes travesuras.
Y ya tengo seis años, y me ha hecho mi madre, un traje de nazareno, blanco y verde, para procesionar con la Cofradía del Cristo de la Expiración. Y recuerdo el cansancio, de las largas horas caminando, asomándome y mirando, a través de las aberturas del capirote, las filas de rostros, sobre las aceras oscuras. La música, ahora el redoblar de tambores mudo, las magdalenas que me introducían bajo el capirote.
El 25 de abril de 1950 se dispone que, a todos los efectos, se considere como escuela parroquial, la unitaria de niñas nº 2, en el cerro de la Virgen de la Paz, donde reinaba un fuerte viento guerrero, curtido en las mil batallas con los molinos. Al feo edificio, me dirigía yo, todos los días, con 6 años. En el piso de arriba, las niñas. En el de abajo, los niños. Don José María, era nuestro Maestro entrañable o, al menos, así lo recuerdo. Algunas noches, con el camino ya aprendido de la escuela, subíamos al cerro, para ver el blanco y negro de las películas, del cine Imperio. Paco el guardia, no sé como se enteraba, que subía a echarnos. Luego, me trasladarían a la escuela del Palomar, con Don Florentino, más adusto lo recuerdo. Hasta que un día, un fraile trinitario, José Manuel, nos dio una charla en la escuela. Resulta, que era hijo de una prima de mi madre, y con él me mandaron, a un colegio, de nuevo seminario, que inauguraban en Alcázar de San Juan. A los diez años, hice el primer año de bachiller elemental, que comenzaba a los once, y siempre fui un año adelantado, hasta que, al llegar la reválida, tuve necesariamente, que repetir cuarto.
Recuerdo los largos temporales y los hombres refugiados durante semanas, en los casinos Primitivo y la Concordia…Jugábamos nosotros al hinque sobre el barro tierno, al guá, con bolinches, boleones, bolas de china y de cristal… jugábamos al escondite… yo tenía fama ya de lanzar certeramente las piedras. Y llegaba el carnaval prohibido, y mi tía Juana, arrancándole siempre una carcajada a la vida, traía a Orejetas, y lo vestía de bebé, con un enorme chupete, y lo subía a un paciente burro, con una escalera de madera, para pasearlo luego, por las calles del pueblo. Y volviendo, cruzaba a la casa de Vita y, las dos mujeres, conspiraban, cantaban y obligaban a cantar, y yo quedaba colgado de asombro, con estas bravas mujeres, que decían ¡Filo canta! Y la Filo, cantaba adolescente, y yo me llenaba de calor, mientras afuera caía perezosa la noche. Mi tía Juana, Juana la Rana, era la alegría, el invento, el señuelo. Me enseñaba la luna del armario, rota por el pico de la cigüeña, cuando descargó a su hijo Joaquín. Y luego, buscaba cualquier corro de vecinas, y ponía a su hijo Santi, un pequeño mocoso, a cantar, por Juanito Valderrama o Antonio Molina. Y Santi, ya no paró de cantar nunca, hasta su sentida muerte.
En Junio de 1952, con ocho años recién cumplidos, jugaba en la plaza, con mi hermano de seis, cuando él se cayó, de un banco de piedra, rompiéndose un brazo. Sé que lo llevaron a Alcázar, y no recuerdo cómo, pero yo me puse a caminar por la carretera, hasta que recorridos siete kilómetros, me encontré frente a una barrera que me cortaba el paso. Con un fragor espantoso, pasó un tren envuelto en vapor y humo, y yo asustado, volví sobre mis pasos y llegué a Criptana. Y entré en mi casa vacía, escondiéndome tras una cortina, junto a la rueda de la máquina de coser Singer. Y allí me pillaron. Y no comprendía, que me pegaran, acusándome del accidente. Creo que mi madre, reaccionaba al dolor, del brazo roto de un hijo, y también a la preocupación, por mi propia pérdida momentánea.
Y, en ese mismo invierno, una mañana, no se cómo, nos salvamos de la muerte, cuando abriendo la puerta, salimos a una calle llena de nieve, tambaleándonos, los tres hermanos, y librándonos, milagrosamente, del tufo mortal del brasero.

(De mi próximo libro).

Antonio Olmedo Manzanares.

 

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