04 de Abril 2020, Cuarentena: La Cueva de Montesinos.

No creo que sea mal decisión, trasladarnos de nuestra actual prisión doméstica, impuesta por el coronavirus, a ese lugar recóndito, tenebroso, pero que la mente del Caballero, lo hace inolvidable. Nuestra propia cueva de encierro actual, estoy seguro, la estáis transformando, en lugar de comunión con la familia, y gran escenario de recuerdos gratos.

Azorín, es conducido a lomos de rocines infames, hasta la Cueva de Montesinos. por sendas borrosas trazadas sobre lentiscos, chaparros y atochares…

Estas sendas -le dice el guía- son sendas perdiceras y hay que sacarlas por conjetura.

“Dios os lo perdone, amigos, que me habéis quitado de la más sabrosa y agradable vista que ningún humano ha visto ni pasado”. Aseguraba don Quijote, cuando fue sacado de la caverna.

“La llevé a la Cueva de Montesinos, con la secreta esperanza, de que junto al agua de su fondo, en las tinieblas, en aquel ambiente de viejas fábulas, se revolviera un momento la faltriquera de su pensadero, se removieran un poco las frías hojas de su espíritu y diesen señal nueva”, (Francisco García Pavón, de Tomelloso).

Llegué a las doce de la mañana. Hace mucho calor. Un viejo, en una barraca de madera, dedicada a bar, cerrado, mira sin querer, la luz intensa de la mañana. Me dice que hay una excursión en la cueva. A los quince minutos, comienzan a subir, cansados, los pacientes de un psiquiátrico. Juan les va alargando una bolsa de comida, a cada uno de los que llegan. Yo bajo por la vereda, y me encuentro enseguida, en la entrada del agujero, a la guía Matilde Sevilla. Se presta a acompañarme, aunque estoy solo, tras manifestarle mis intenciones.

– Vengo, con el único propósito, de suicidarme en este lugar.

– ¿Cómo?

– Sí, voy a escribir un libro sobre el Quijote, pero no lo dejaré morir en la cama. Morirá aquí…

La cueva, en tiempos de Cervantes, estaba llena de cambroneras, cabrahigos, de zarzas y malezas, tan espesas e intrincadas que todo lo cegaban. De ello, solo queda hoy una limpia y raquítica entrada.

Matilde me pone una redecilla en la cabeza y, sobre ella, un casco. Me da también una linterna, con la pila casi agotada, por lo que me guío por la propia de Matilde. Se agradece la fresca humedad de la cueva, después del sofocante calor que reina en el exterior. Unos pocos escalones, nos introducen en el recinto. Estalactitas vivas, en formación, gotean pausadamente, sobre el húmedo suelo. Después de recorrer el camino ordinario de los turistas, la guía me conduce hasta el final de la cueva, Un tajo, en un lateral del suelo, nos descubre una corriente de agua, silenciosa y verde.

– Hay veces que el agua ha subido dos metros más -me indica Matilde.

Apaga la linterna y observamos como penetra, al fondo, la luz natural del exterior iluminando la escalera. Barre con la linterna el techo de la cueva, donde reposan imágenes terrosas, que semejan las siluetas de don Quijote, Sancho y Dulcinea. El transcurso del tiempo, habrá influido enormemente en la estructura del recinto. Murciélagos los hay, pero esquivan el horario diferente del turista.

Al salir, me doy dos veces en el techo y comprendo la utilidad del casco que me ha proporcionado. Considero que dejaré por ahora la idea del suicidio y vuelvo a la vida. Vida, que aquí en el exterior, sigue igual, con un calor propio de Agosto, el sol reverbera y el aire se torna sucio. La carretera oprimida por el calor, está desierta. Me despido de Matilde que me proporciona su número de teléfono.

Vuelvo al atardecer, cuando las sombras van invadiendo la soledad del lugar. El Hidalgo Manchego, antes de bajar a la gruta, dejó las armas y el rocín al cuidado del escudero. Solo la soga le unía al mundo exterior y ésta se soltó rompiéndole el vínculo a la vida, mientras estallaba su imaginación sin ataduras. ¿Sueño o realidad? ¿Murió frustrado don Quijote en la cama, o ya se había abandonado aquí, en su otro reino más querido?. Lo ignoro. Pero si él no pudo, yo cansado de bregar, elijo este sitio para morir.

En el primer lugar que topé saliendo de Roncesvalles eché un poco de sal en vuestro corazón, porque no oliese mal, y fuese si no fresco, a lo menos amojamado, a la presencia de la señora Balerma; la cual, con vos, y conmigo, y con Guadiana vuestro escudero, y con la dueña Ruidera, y sus siete hijas y dos sobrinas, y con otros muchos de vuestros conocidos y amigos, nos tiene aquí encantados el sabio Merlín ha muchos años…”

… Unas nuevas os quiero dar ahora. Sabéis que tenéis aquí en vuestra presencia aquel don Quijote de la Mancha... por cuyo medio y favor podría ser que nosotros fuésemos desencantados…”

Mañana, cuando lleguen las primeras claridades y los primeros sonidos, saldrán despavoridos los murciélagos y llegarán los turistas, encontrando a un hombre muerto, de cuyo nombre no quiero acordarme, que ya lo fue en vida. Y la guía, alumbrará con su linterna, una nueva silueta, sobre el techo, que acompañará ya, para siempre, a las de Dulcinea, Sancho y don Quijote.

En una noche calurosa del mes de Agosto, me estoy tomando unas cervezas en la plaza de Campo de Criptana. A mis espaldas, Cervantes, dormita sentado sobre su pedestal. Aquí las horas caen sin sentirlas. Una mano me toca en el hombro:

– ¡Don Antonio!.

– Hola Dani.

Dani está en una mesa cercana, con su mujer y unos amigos. Ellos fueron compañeros de mi hijo Toni en el bachillerato.

– Dudaba que fuera usted, pues me dijo su hijo que se suicidó en la Cueva de Montesinos.

– Y de hecho, virtualmente lo hice -le contesté- pero no podía faltar a mi palabra y obligación de seguir bastante tiempo visitando y relatando los lugares de esa Mancha nuestra que también lo es de don Quijote. De cualquier forma, no me delates.

Salud y permanezcan en casa, y espero que sea por poco tiempo.

Antonio Olmedo Manzanares.

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