De La Mancha, a Cofete, de la mano de los poetas.

Hoy, pasados ya los sesenta días de cuarentena, lejos del aprobado, aún en el nivel 0, dejo mi refugio en Campo de Criptana, y vuelvo a visitar, uno de los lugares más prodigiosos del mundo, Cofete, en la isla de Fuerteventura.

Si Campo de Criptana, en su Sierra de los Molinos, alcanza la altura más importante de La Mancha, con sus 707 metros, sobre el nivel del mar en Alicante; si los pueblos del Campo de Montiel, solo hendido, en la maravillosa herida, de Las Lagunas de Ruidera, superan los 800 y algunos los 900 metros, el apoyo en la elevada altura de La Mancha, los hacen fácilmente accesibles, Pero a Cofete en la costa de Barlovento y Norte de la isla de Fuerteventura, lo abrigan las montañas más altas, con el pico de La Zarza o de Jandía que apenas supera los 800 metros. Hace poco, las huestes del Faraón se perdían estrepitosamente en el lugar, rodando la película Éxodus.

… Me uno a Juan Ramón Jiménez, subiendo por Gran Valle, hacia las cercanas cimas de Jandía. A Juan Ramón lo noto extraño, sin su burrito Platero, sin su perenne melancolía.

Nos espera en la cumbre montañosa, Dulce María Loynaz. Me la presenta el poeta, antes de abordar, juntos, la bajada.

“Trueno de tu mar antiguo

en mis manos argonautas”.

Contemplamos, absortos, como la primera claridad del alba baña, en una bruma lechosa, todo el contorno de Fuerteventura. Dulce, no se puede reprimir:

... Crezco del mar y muero en él…

Rodeada de mar por todas partes,

soy isla, asida al talle de los vientos…

Ahora, con creciente perspectiva, podemos observar el semi arco de Cofete que nos envuelve, coronado por el pico de Jandía y adivinamos la terrible mutilación de la otra mitad, hundida y perdida, frente a nosotros, hacia poniente, en un mar, a menudo furioso.

No lo es hoy, cuando se nos incorpora Federico García Lorca. Ya coincidieron los tres poetas en la casa que habita Dulce, en la Habana, en el barrio del Vedado. Viene Federico risueño y cantando:

“Las nubes en manada

quedándose dormidas contemplando

el duelo de las rocas con el alba.

Nos rodea una sensación de soledad, de indefinible belleza, mientras nos adelantan, saltando risco abajo, cuatro ligeras cabras, con el dulce contrapeso de sus ubres llenas.

Seguimos bajando, por un sendero infernal, hacia las olas sonoras que rompen sobre una extensa playa, aún lejana. Hacia la derecha, divisamos la rotunda silueta de la casona de los Winter, motivo de muchas leyendas, impregnando su piedra olvidada: refugio de submarinos, o burdel de barraganas de lujo, para soldados alemanes heridos.

Ya estamos abajo. Cruzando un pobre poblado de viejas chozas de piedra, y sorteando las gambuesas de ganado, llegamos a una playa infinita: trece mil setecientos metros de longitud y un millón cuatrocientos mil metros cuadrados de superficie arenosa. Hacia el Norte, se pierden en el horizonte, las líneas azules de la isla, y frente a nosotros, hacia el ocaso, el océano inmenso, enterrando viejas tierras de Fuerteventura, mientras se sacude, en dolores de parto, alumbrando otras, allá a lo lejos, en la pequeña isla hermana del Hierro.

Me abandonan los tres poetas y, mientras se alejan, aún puedo escuchar a Juan Ramón:

“El mar…

se reía fantástica;

la risa se le mojaba…

Con lilas llenas de agua

corriendo, la golpeaban…

Y ya, perdiéndose en la lejanía:

¡Cofete!

Eres tú y no lo sabes,

tu corazón te late y no lo sientes…

¡Que plenitud de soledad, mar solo!

En la orilla del mar, una mujer agachada, anima a un alevín de caretta caretta (tortuga boba), en su primer bautismo marino. Algunos de los quelonios soltados, sobrevivirán y volverán, tras varios lustros, a esta playa de ensueño. El rostro sabio de la reina Sofía, parezco identificarlo, con el asombrado de la joven tortuga, a la que, una última ola, harta de jugar con ella, la conduce a su seno infinito.

Los poetas, el misteriosos mar de Cofete, me han contagiado y, cuando el sol se marcha, también rompo yo, en rimas desesperadas:

Noche,

la mar voluble,

junta en espuma las estrellas altas

y rompiéndolas va, en arena fina…

Cuando por la playa camino,

veo mi huella,

miro al mar…

y ya no es mi amigo.

¿Porqué, cruel destino,

saber que pasamos?

Pasar, morir al fin, único verbo.

Antonio Olmedo Manzanares

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