Córdoba.

En plena cuesta de Enero, cuando el frío trae las primeras nieves, yo vuelvo a Córdoba y con los calores de un mes de Mayo:

Las callejas se cruzan y entrecruzan, con grandes, enormes losas en los laterales, con cantos rodados en el centro. A veces, una filigrana de puerta, una fuente de mármol, en una flor de patio. A veces, casi siempre, flores en las ventanas, placetas recónditas, piedras venerables, donde se palpa la historia. Ni un solo ruido.

El silencio podría definirse, como apenas la percepción de un sonido, la imperceptible caida de una hoja, el gotear perla de una fuente o, hasta el rítmico golpeteo, de los cascos de un caballo, en la noche.

A veces, la calleja se abre a la desnudez de la ciudad moderna pero, con unos simples pasos, puedes volver, otra vez, a la oscuridad, al silencio. Porque también hay farolas, que definen la oscuridad

Córdoba.

(De mi libro Servilletas de Papel).

Antonio Olmedo Manzanares

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