Mi viaje en tren, en Cuba.

Extraigo una página de mi libro Estampas de Cuba: “Dos de Mayo de 1997, Coche dólar, Asiento 29, primera clase, billete serie D número 26685. Ahora mismo sale de La Habana, con destino a Santiago de Cuba. Ahora mismo, a las 15,25 horas, con un calor húmedo, sofocante. Ocho vagones siguen al coche dólar. En el coche dólar, viajo en completa soledad. Puedo comprar cervezas Hatuey, con mis preciosos dólares. No hay comunicación alguna, entre mi coche y los demás vagones del convoy. No subirá ni bajará nadie a mi coche, durante todo el trayecto. En los demás se agolpan los viajeros, chillan los vendedores vendiendo tortitas.

     En Camagüey se rompió la máquina rusa. Parece ser, que no hay nada más que otra, en toda Cuba. No obstante, llegamos a Santiago, después de 22 horas de camino. Ante la salida de la pobre estación, desfilan toda clase de vehículos, con un denominador común: todos desbordando de personas, sobre bicicletas, viejas motos con sidecar, viejísimas güagüas, coches vetustos tirados por caballos, camiones con sus cajas abiertas, y colgados de su desnudo trabazón de cubierta, blancos y mulatos”.

    Trayecto La Habana/Santiago de Cuba, 878,6 kilómetros. Duración de mi viaje 22 horas, retraso de más de diez horas.

Antes, la machacona oferta de que hiciera mi viaje en avión… Estoy recordando mi llegada a La Habana, con mi alojamiento solicitado en el vetusto hotel Saint JOHN´S, solo, porque se alojó en él Hemingway, y me desvían al vecino Hotel Vedado. Denuncio por escrito, y me ofrecen un viaje gratuito a Varadero, a cambio de quitar la denuncia. Me siguen, por donde me moviera, pero no lograron que no observara y viviera, la cercanía de la gente y sus penurias. Me recorría, una y mil veces, La Habana tomando cualquier viejo automóvil, (falsos taxis) que se movían por toda la ciudad, recogiendo y dejando pasajeros, en cualquier punto. Observé la vigilancia estrecha que se ejercía sobre cualquier cuadra y sus edificios… las cartillas de racionamiento, los paladares...

En el control del aeropuerto José Martí, miraba como mi maletín, que llevaba como único equipaje, avanzaba y retrocedía, una y otra vez, hasta que, dirigiéndome al agente presente, le indiqué, que les sería más cómodo abrirlo, ya que no estaba cerrado con llave: traía los tomos completos del Che Guevara. Me advirtieron que no volviera a Cuba, sin visado.

Para derribar mitos, nada mejor que la lectura del Che. Y para conocer bien el comunismo, una buena muestra es Cuba, donde una población multirracial, inteligente y acogedora, soporta, desde hace más de medio siglo, un régimen, que le puso, un pesado candado, a su libertad.

En estos duros momentos, ¡por Cuba y con Cuba!.

Antonio Olmedo Manzanares.

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