Llegaba a la bella ciudad del Báltico, en un tren, subiendo de Hamburgo. Era una mañana gris, pero tranquila y recordaba…
Corría el año 1712 y, la pequeña Greta, acudía con sus padres, a la misa de Nochebuena.
Una fina lluvia, barnizaba las negras espadañas de la Iglesia. Sobre un poyo, cerca del portón de entrada, el escultor había sentado, un pequeño demonio de bronce, con sus cuernos relucientes, su gran rabo enrollado y, una fastidiosa mueca, en su feo rostro.
La niña, curiosa, se fijó en el diablo solitario y, en el breve pene, que le asomaba y, no pudo resistir la tentación de tocarlo.
El diablo le sonrió y, esa sonrisa, se le quedó grabada para la eternidad.
Hoy, en Lübeck, quien visita la Iglesia de Santa María, es saludado por el diablillo, con la misma sonrisa.
(De mi libro Servilletas de Papel).
Antonio Olmedo Manzanares.