VIERA Y CLAVIJO: Arcediano de Fuerteventura.

Viera y Clavijo

Nuestra entrada en Valdepeñas fue en este orden:

     1. Antonio Caminero, de batidor, en un caballo de cuello aguileño, con montera atravesada, colodrillo reverendo, casaquilla hueca…

     2. Los dos insignes tontos, Francisco de Santa Cruz y Casimiro del Viso, capitaneando una innumerable multitud de muchachos y muchachas pelonas.

     3.  El coche en que iba su Excelencia, el Señorito, ayo y caballerizo, con su gentil tiro de mulas.

     4.  El coche de cámara con familia.

     5.  La calesa de Carnicero y Rojo.

     6.  Las berlinas de las diputaciones de la villa, cabildo y convento.

     7.  La de los caballeros hidalgos.

Y toda la carrera estaba acompañada de patrullas, de muchachos, hombres y mujeres, que salían corriendo de sus casas, muchas de entre sus quehaceres, con los instrumentos de sus oficios, las boquitas risueñas, los ojos relumbrantes y las manos tiesas al cielo: “¡Viva su Excelencia y el Señorito que ya está tan alto como su padre!”.

Comienzo un periplo de viajes, este es el primero de ellos, saliendo de Madrid, el día 9 de septiembre, a las tres y media de la tarde, en dos coches de colleras, hacia las posesiones del Marqués de Santa Cruz, en el Viso, Santa Cruz de Mudela y Valdepeñas, como ayo y preceptor de su hijo. El nueve de octubre daba su Excelencia, por finalizado el viaje, con la asistencia a la fiesta de San Francisco, en las monjas, con Misa.

En esta pequeña muestra de su librito del Viaje a la Mancha, Viera y Clavijo, demuestra su dominio del lenguaje, su visión crítica no exenta, a veces, de un humor ácido, y su certero juicio, a la hora de ampararse con amistades y altos protectores, que le guiarán toda su larga vida.

Viera y Clavijo nace el 26 de diciembre de 1731, en el Realejo de Arriba (Tenerife). Recibiría las Ordenes Menores en el año 1750 y, tres años después, las Mayores, de manos del Obispo Morán, en la ciudad de Las Palmas, capital eclesiástica de las islas canarias, hasta 1819.

En 1757 se traslada, con toda a familia, a la Laguna y pronto se incorporaba a la Tertulia del Marqués de Nava, un Club exclusivo de aristócratas que, por una vez, abre sus puertas, a un hijo del pueblo, como era Viera y Clavijo. Esto le da acceso a conocer los libros de Voltaire, Montesquieu, Rousseau y otros escritores, figuras preclaras de la Ilustración y que fueron el fermento de la Revolución Francesa.

Pero, hasta 1770, Viera y Clavijo, viviría mantenido por sus padres, sin apenas medios económicos, lo que le empuja a marchar a Madrid, a donde llega el 13 de diciembre. Durante este año, se prolonga la hambruna de 1769, que asola las islas de Lanzarote y Fuerteventura y que duraría hasta que el Rey, el 16 de enero de 1772, mandó que fueran socorridas las islas, con 40.000 pesos y dos barcos de trigo. Esto no evitó la muerte de muchos majoreros y que, otros muchos, “desembarcaran como langosta, en los puertos de Canaria, Tenerife, Palma y aún del Hierro. Era objeto que hacía gemir ver tantas personas mal vestidas, mendigando a veces el pan por las calles, plazas e Iglesias”.

Y sigue Viera y Clavijo, desgranado crudamente, su visión sobre los habitantes de la isla: “El carácter de indolencia y dexamiento de los de Fuerteventura, naturalmente desaplicados, junto con la espantosa escasez de víveres, tan frequente , en un país pingüe, que es el principal granero de Canarias, nos hace ver el grave descuido en hacer depósitos de grano en los buenos años, para ponerse al abrigo del hambre en los estériles”. “Fuerteventura suele producir en un año abundante, sobre 300.000 fanegas de excelente trigo, sin contar el maíz y la cebada, con ser que apenas cultivan la mitad de los campos”. “Los naturales son pobres y pobres que aman la pobreza por desidia, como otros por virtud”. “Son desaplicados, y por eso aguardan a que las otras islas, en especial la de Tenerife, vayan a segarles las mieses”. Se van, incluso a América, “desando, dentro de sus propias casas, la dilatada y fértil  Fuerteventura”.

Viera y Clavijo no exageraba. Recuerda también, en su Historia de Canarias la calamidad que, en los años 1683/84, asoló la isla, de manera que de los setecientos vecinos que la habitaban, apenas quedaron en ella doscientos cincuenta. Y, esta triste borrasca del hambre, repetida en los tres primeros años del siglo XVIII, puso a Fuerteventura, al borde del exterminio.

Apenas veinte años más tarde, en 1721, otra espantosa hambruna, cuando la isla contaba solo con 4.453 habitantes, los empuja al exilio. El Cabildo de Gran Canaria, acuerda no admitir a más emigrantes de Lanzarote y Fuerteventura, después de superar, éstos, los 3.000. Y, en 1722, el resto de las islas, se sumaban a la medida y prohibían también la entrada a los majoreros.

Y, en los años de 1832 a 1846, se repetirían las mismas sombrías historias de hambre y epidemias, perdiendo la isla seis mil habitantes, la mitad de la población.

Pero volvamos a Viera y Clavijo que, a principios de 1771, entra como ayo de Frasquito de Silva, hijo de José Joaquín de Silva Bazán Meneses, Marqués de Santa Cruz, también Marqués de Villasor, del Viso y de Arcicóllar, conde de Montesano y de Bayona, barón de Sant Bol y señor de Valdepeñas, caballero de la Orden del Toisón de Oro, dos veces Grande de España y Gentilhombre de Cámara de su Majestad el Rey. Todos los viajes que realiza Viera los hace en calidad de ayo de su hijo y, más tarde, cuando éste fallece, como compañero del propio Marqués, casi de la misma edad que nuestro escritor, (nació en el año 1734). Cuando ya efectúa el Viaje a la Mancha, en 1774, se han impreso dos tomos de su Historia General de las Canarias y es admitido como Miembro de la Real Academia de la Historia.

En 1776 se imprime el tercer tomo y, en el Archipiélago se recolectaban, en fanegas, ese mismo año:

                   G.  Can. Tenerife  Palma Lanz. Fuertev.  Gomera  Hierro

POBLAC. 41.841    62.952  20.108  7.836     8.467     6.789   4.037

TRIGO:     65.550  104.240 22.000 22.660  61.080   7.950      350

CEBADA: 75.230    21.900 18.700  54.110   140.620 11.050  9.530

Podemos observar que Fuerteventura, a pesar de ser la segunda isla del Archipiélago en extensión, está casi deshabitada y solo puede llegar a producir esas cosechas con braceros llegados de otras islas, sobre todo de Tenerife, y esclavos negros, traídos del Africa subsahariana. (En 1572, Felipe II, había prohibido traer esclavos moriscos a la isla). Es en este siglo, el siglo XVIII, el Siglo de las Luces, cuando se construyen la mayoría de las ermitas de la Isla. Ermita, siempre significa, pequeña agrupación poblacional, ganados propios y contribución, con los diezmos, a la Iglesia Catedral de Santa Ana y el Cabildo Catedralicio, de Las Palmas.

En 1777 nombran a Viera y Clavijo Académico Supernumerario y viaja a Francia (París) y los Países Bajos.

En Fuerteventura, en ese mismo año, el censo que se efectúa de los animales es el que sigue: Caballar 97, Mular 7, Camellar 2.052, Asnal 882, Vacuno 3.438, Ovino 9.606, Caprino 39.707 y Porcino 310.

Viera y Clavijo describe, en el Tomo III, Libro 11: “Esta isla dilatada, medio desierta y tan abundante en pastos y yerbages, fue desde su conquista tan favorable para la cría de todo género de cuadrúpedos que multiplicándose prodigiosamente, vino a hacerse una de las riquezas más considerables de su tráfico. Ya, en tiempos de los gentiles se hablaba que se podían coger todos los años 60.000 cabras. Poco después que los Bethencoures introduxeran los camellos venidos de Africa, se contaban más de 4.000 cabezas. Pero la especie que se propagó hasta lo increíble, era la de los burros… Que habiéndose criado salvajes en los matorrales causaban en los sembrados y cortijos daños irreparables”. Don Fernando y Don Gonzalo de Saavedra organizaron una batida general, en honor del Capitán General D. Luis de la Cueva, el Obispo D. Fernando Suárez de Figueroa, el Provincial Gonzalo de Molina y el Padre Fray Juan Abreu Galindo, Francisco de la Provincia de Andalucía e ilustre escritor de las Antigüedades Canarias. En la batida acabaron con 1.500 asnos.

En París, Viera y Clavijo, reside once meses y vuelve, en 1778, a Valencia. En este mismo año, fallece, de tisis, el hijo del Marqués de Santa Cruz, su único heredero. Vuelve, en Enero, a Madrid, en 1779 y nuestro escritor, pasa de ayo del hijo, a acompañante del padre que busca esposa: “Los prolijos y dilatados viajes que emprendí, en los 1777-78, recorriendo en París y el 1780-81 haciendo todo el giro de Italia, pasando de Viena de Austria, donde permanecí cinco meses, viajando después por la Baviera, la Suavia y ciudades del Bajo Rin y donde en fin la vuelta por Bruselas y París a nuestra corte”.

En Viena el marqués de Santa Cruz, que cuenta ya con 47 años, conoce a la jovencísima Marina de Walchstein con la que se casa el 16-04-1781, emprendiendo el regreso, dos días después, a Madrid, vía París. Viera y Clavijo prepara su vuelta a las Islas y es en el mismo año de 1781, con la decisiva influencia del marqués, cuando es nombrado Arcediano de Fuerteventura. Regresa a Las Palmas, definitivamente el 31-10-1784.

No era fácil entrar en el Cabildo Catedralicio. De los diezmos, el 25,9% se repartía entre sus componentes, según su importancia y función: 1º Deán, 2º el Arcediano de Canaria, 3º el Chantre, 4º el Tesorero, 5º Maestrescuela, 6º Prior, 7º Arcedianos de Tenerife y Fuerteventura, 8º los 18 Canónigos y 9º los 12 Racioneros. Repetimos que la Diócesis Canariense era única y los diezmos, por lo tanto, procedían de toda Canarias y que, por ejemplo, la renta percibida por un canónigo (su hermano Nicolás lo era) significaba el 0,08 del total de los diezmos de la región.

En su casa de la Plaza Santa Ana vivirá con su hermano Nicolás, que falleció en 1802 y su hermana María Joaquina, que le sobrevivió. Es hora del sosiego y de trasladar a las Islas, sus múltiples experiencias y sus vastos conocimientos. Es Director del Colegio de San Marcial e imparte cursos de Historia Natural y Química. Escribe el Diccionario de Historia Natural de las Islas Canarias, publicado cincuenta años después de su fallecimiento. Lo nombran Director de la Real Sociedad Económica de Amigos del País de Gran Canaria…

Viera y Clavijo no es solo el primer historiador canario moderno, con una idea de las diferencias físicas y de conciencia de cada isla, sino también de su unidad. Conociendo las fuentes de Le Canarien, aborda los datos de la conquista y del estado en la que se encuentran, en los primeros años del 1400, los pobladores de Fuerteventura, su vida y costumbres y, más tarde, desde la atalaya del 1700 y 1800, que él vive y estudia, relaciona Señores, Obispos, Clérigos y Coroneles que son los que dirigen hasta su muerte, esta isla, muchas veces malaventurada Fuerteventura.

Cuando fallece, el domingo, 21 de febrero de 1813, a las dos de la madrugada, a la edad de 81 años, en su casa situada en la Plaza de Santa Ana, número 7 (hoy Archivo Provincial), después de hacer testamento, en Telde, a favor del Cabildo Catedral, de la Real Sociedad Económica del País de la que fue director y de la Real Academia de Dibujo, ya, un año antes, se ha parido la Constitución de Cádiz y se han abolido los Señoríos. Las Cortes de Cádiz suprimen la Inquisición. Abdica José Bonaparte, comienzan a funcionar los ayuntamientos…

Viera deja una ingente obra de investigación y divulgación, desde estudios de química o botánica, hasta la Memoria sobre el modo de renovar los sombreros viejos. Su inclinación hacia el Racionalismo, le hacía desconfiar de las fáciles creencias sobre los milagros, por lo que fue denunciado dos veces al Consejo Supremo de la Inquisición. Con ocasión del nombramiento como Obispo, por Pablo VI, de Verdugo, hasta la llegada de éste a Las Palmas, hace de Obispo accidental de la diócesis, desde el 18-09-1796 y el 06-06-1797.

Frente a mi mesa, tras el cristal de la librería, reposan los seis tomos de la primera edición facsímile de la Historia General de las Islas Canarias. El resalte del polvo de oro se está perdiendo sobre el tono burdeos de la encuadernación. Mis ejemplares llevan el número 95, acreditado por el Notario de Bilbao Don Luis Alba Soto. A través de sus páginas, se dibujan los mitos, los rasgos, la grandeza y las miserias de un pueblo, el pueblo majorero, el pueblo canario, pero cuando el autor señala y zahiere, siempre lo hace con amor y marcando un camino de mejora.

En su Testamento ordena a sus herederos poner, en la lápida de su tumba, el siguiente epitafio:

Don Josef Viera y Clavijo

Arcediano de Fuerteventura.

Ecce nunc in pulvere dormit.

Antonio Olmedo Manzanares.

(De mi libro Fuerteventura: Luz y Silencios).

 

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