VIVENCIAS DE UN MOLINO. Canarias/Castilla La Mancha.

Hoy, 30 de Mayo de 2020, es el día de Canarias, y mañana 31, el de Castilla La Mancha. No sería exacto decir, como en la copla, que tengo el corazón partío, antes bien, lleno lo tengo, de añoranzas ausente, y de sentimientos plenos, cuando estoy, en Fuerteventura, o en La Mancha. Buen día, para recordar uno de mis artículos, mientras observo, a través del ventanal, la prestancia, de los diez molinos de Campo de Criptana, recordando y repasando, la geografía majorera, salpicada con sus 21 molinas y molinos encantadores.

Aquí estoy, cortando, desde mi elevada altura, los negros vientos de Aragón, con las frías espadas de mis palas. Soy uno, de los tantos molinos de La Muela, mutado en robot, apenas gozando de la Luna, mientras arde la corriente en mis entrañas.

… Pero, en mi turbina de ensueños, aún puedo asomarme a mi pasado…

Cerca de cien años atrás, era yo un coqueto molino, viviendo, a escasos metros, del pueblito de Lajares.

Abría mi puerta oscura, al nordeste, hacia una extensa llanura, veteada de jarillas y chiribitas, aquellas ornadas con el amarillo claro de sus pétalos, éstas con la hermosura de las lígulas blancas, brotando del fuerte amarillo de su disco.

La campiña se pigmentaba así de malvas y amarillos, hasta que, a lo lejos, se fundían en los tonos negros o rojizos, tintados de azufre, de las tierras volcánicas del Malpaís.

Hacia el Oeste, a media altura, abría otra puerta, a la que se accedía por diez gastados escalones, que servían también de asiento ocasional a los visitantes lugareños.

Hoy Sábado, llegaría Marcelino, pescador del Cotillo, joven fibroso y de buena talla, aficionado desde hace más de un año, a visitarme regularmente. No a mí, sino más bien a Amalia, la molinera. Las samas, las viejas, o los bocinegros, que el muchacho traía de la mar, las pagaba siempre ella, con pan tierno y tiernas caricias.

Hoy, Marcelino, olvidaba por una vez, la belleza de un sol moribundo, y mientras miraba sin mirar, una airosa palmera, se agarraba, como un náufrago, a Amalia, y le pedía casamiento.

¡Ay el amor! Dos más que me abandonan. Y pasarán los años, y mi viejo cuerpo de molino se irá ensanchando en su base, y mis aspas se quedarán, un día quietas y muertas para siempre. Entonces, solo me salvará ya, la Primavera. La Primavera de Fuerteventura.

Corría el año 1597. Los divisé por el ventanillo del viento barrenero. Los rayos de un sol naciente, bañaban la grosera armadura del flaco caballero, con una luz sobrenatural. Unos metros más atrás, un asno los seguía, no sin dificultad, agobiado por el orondo peso de un gañán.

¡De pronto todas las figuras se movieron con lentitud! Escudero y pollino, hacia atrás, con inquietud temerosa. Y el Quijote, acelerado sobre su rocín, movido por las espuelas.

Era cómico observar, al Caballero de la Triste Figura, lanza en ristre, galopando hacia mí. Quiso herirme en una de mis aspas, con su lanzón de gloria, pero yo, despectivo, me limité a lanzar por tierra, como miserables guiñapos, a Quijote y Rocinante.

Siempre me he preguntado por qué, entre los 34 molinos, me eligió a mí, El Burleta, para atacarme.

¿O acaso yo tuve la culpa, de que me bautizaran como Burleta (o Burla pobres), porque mi molinero sisara con la harina?.

Buenos días, y con salud, a Canarios y Manchegos, en vuestras fiestas.

Antonio Olmedo Manzanares.

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